Obrero de construcción orgulloso

René Cuahutle Chumacero en un establecimiento de la Avenida Roosevelt. Foto Karine Vargas

Por Luz Karine Vargas

Su nombre es René Cuahutle Chumacero, un hombre que siempre ha llevado una vida apacible y es conocido como una persona muy servicial.  Sus allegados dicen que siempre está dispuesto a ayudar al prójimo con las mejores intenciones y pese a las dificultades diarias que genera vivir en New York como inmigrante. Camina con una sonrisa en su rostro.

Desde el 2010 que piso el país de los Estados Unidos en un caluroso verano, optó por vivir en Woodside, Queens, y ese mismo día ejerció laboralmente la construcción. “Como inmigrante partí buscando un mejor domicilio,  trabajando como ayudante de ‘escarpeo’, lo que es levantar todo el cemento que se pega en el piso. Así empecé a ayudar económicamente a mi familia en México”.

Para Chumacero las clases de seguridad de construción conocidas como OSHA se convirtieron en la práctica más importante e indispensable para continuar generando ingresos. Este requisito del estado de Nueva York le provee un lugar de trabajo más seguro y condiciones laborales más estables. Fue un proceso costoso, pero lo tomó como una inversión. “En cualquier área de construcción es indispensable cumplir con los requesitos de OSHA para ejercer ya sea en pintura, carpintería, escarpeo o electricidad. Se debe utilizar el equipo adecuado que generalmente son las botas, el casco, el pantalón de protección, la camisa y el respirador. Sin esta dotación es casi imposible que dejen trabajar a alguien en construcción”, dijo Chumacero.

“Empecé trabajando en edificios de 15 pisos y así sucesivamente fueron aumentando los pisos a 20, 30, hasta terminar en 80 piso, haciéndole escarpeo a  cada uno de los apartamentos que le van acabando el revocado de las paredes o de los techos. Comencé con un salario de 9 dólares la hora, pero para recién haber llegado ese sueldo me parecía bien”, recuerda Chumacero del proceso de adaptación laboral en el país de las oportunidades.

La construcción es un oficio laboral que conlleva muchos riesgos y la compensación financiera ha tenido sus altibajos, comenta Chumacero. “En un principio pagaban 20 dólares por hora de trabajo y solo cuando vino una empresa europea fue que comenzaron a pagar la hora a 30 dólares. Esas empresas que vienen de otros países siempre pagan mejor. El mayor problema de este gremio son los contratistas, las grandes empresas que contratan pequeñas empresas para que nos sub-contraten y nos pagan a los obreros el salario mínimo”, añade Chumacero mientras se acomoda su traje de obrero de construcción.

“El trabajo de construcción debería de ser más valorado ya que es pesado y debe ejercerse a la intemperie, no importando las altas o bajas temperaturas. Yo viví de ese rama de la construcción hasta que llegó la pandemia y me quede totalmente desempleado. La renta, los servicios y demás gastos mensuales no pararon, jamás los suspendieron y no hubo apoyo del gobernador para los inmigrantes. Así que me toco salir a la calle, sin importar el Coronavirus, a buscar cualquier empleo que me permitiera sobrevivir. No valoraron mis años de experiencia en la construcción”, concluye Chumaceiro.

Para este obrero que ahora vive en Nueva Jersey, la vida del inmigrante, aunque sea un experto en su profesión, tiene sus altas y sus bajas.

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