Veterano cariñoso, amable y entretenido

Rafael Berrio frente de su casa en Queens. Foto Luz Karine Vargas

Por Luz Karine Vargas.

Es un hombre amable, generoso, servicial y dispuesto a tenderle la mano a cualquier latino que lo necesite. Rafael Berrio, con 75 años, llegó a Queens en 1950. “La vida de mi familia en Puerto Rico era difícil debido a la pobreza, vivíamos en una habitación que se cerraba con un candado y para comer había una lista en la bodega con cosas a las que teníamos acceso, dependiendo de lo que podíamos pagar”, dijo Berrio.

“Mi madre llegó primero y a los cinco años llegué yo, mi padre se quedó en San Juan. En este país casi no habían hispanos y me tocó aprender inglés en la escuela”, recordó Berrio.

Quería ser Ingeniero y se presentó a la universidad, pero surgió la guerra.  “A todos los que tuvieran entre 18 a 20 años los estaban cogiendo y entrenando para ir a Vietnam y me tocó”, dijo Berrio con resignación.

“No le conté a mi mamá, le dije que estaba de cocinero en Californa, hasta que me pegaron tres tiros y uno fue tan grave que le informaron de mi situación”, dijo este veterano.

Berrio es hijo único y su madre se enfermó de una úlcera con la noticia. Le envió una carta a su mamá y luego pidió permiso de un mes para visitarla. Le dijeron que sí, pero como condición debió regresar a pelear seis meses más.

“Los americanos estaban cogiendo a los puertorriqueños y los estaban trayendo para acá a pelear su guerra. Nos segregaban, no mezclaban al boricua con los blancos”, recuerda Berrio.

Se convirtió en sargento y dijo que ninguna medalla o reconocimiento es suficiente para lo que le tocó vivir. “Los enemigos no me mataron físicamente, pero yo volví mentalmente mal, auto destruyéndome con drogas y alcohol; no podía dormir, me daban ataques de pánico y todavía me pasa”, dijo Berrio y entró en silencio.

“Tenía una novia antes de ir a la guerra y nos íbamos a casar, pero volví y ya no era el mismo, la persona que ella había conocido ya no estaba, la guerra me hizo una persona de corazón frío, sin emoción o sentido”, añadió este veterano de guerra.

“Pasaron los años y nunca me casé, pero decidí adoptar una nena de una familia que yo conocía. Siempre que iba a la casa a visitarla, la nena se me tiraba encima y después de hablarlo con mi madre, concluimos que fue la mejor decisión de mi vida, ahora es mi felicidad”, dijo Berrio con una gran sonrisa en su rostro.

“Años más tarde mi madre fallece en la casa que había comprado en Queens para ambos y mi hija se casó e hizo su familia en otro estado”, dijo Berrio. Siempre tiene algo que hacer o tema para conversar. Tiene amigos que lo visitan o llaman con frecuencia.

Berrio sin lugar a duda es un hombre de admirar y es chistoso. Dijo que “era bien parecido” y eso llena el ambiente de sonrisas. Es fácil encariñarse de este puertorriqueño quien termina diciendo: “Uno ve a la gente y no sabe su historia”.

 

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