
Por Luz Karine Vargas —
En una esquina de Woodhaven Boulevard, en frente de Dunkin Donuts y al lado de la escalera que da acceso al tren de Nueva York, María Bernal ofrece flores a los teranseúntes. El cielo está nublado y la temperatura se halla a 52 grados fahrenheit. El viento sopla con fuerza.
Con frases como “a la orden las flores”, “mírelas sin compromiso” o “tengo diferentes precios”, es como Bernal llama la atención para ofreces sus flores. Su tono de voz es tímido.
“Llegué a Queens en el año 1993, cuando todavía existía el sueño americano”, dijo Bernal añadiendo que anteriormente era más fácil conseguir dinero y se vivía de forma más tranquila.
Bernal llegó sola a Nueva York a donde un familiar. “Mi prima me recibió y me ayudó a arrancar en este país, es gracias a su apoyo que yo inicié mi vida acá”, dijo Bernal mientras sigue con la mirada en los posibles clientes que pasan.
“Yo traje a este país a mi esposo y luego a mis dos hijos”, dijo Bernal. El esposo trabaja en construcción. Los dos, junto con el hermano de su marido, comparten los gastos de la casa.
“Recuerdo que empecé trabajando en una factoría de ropa, exactamente era de abrigos y yo revisaba los cierres y botones”, dijo Bernal. Esta fábrica quedaba en Nueva Jersey y duro 3 años laborando allí.
Bernal, cubierta con chaqueta, sudadera, gorro y tapabocas, trata de evitar el frío. Acomoda sus flores para que las personas no las tropiecen al pasar. Los ramos de flores son de $10, $15 y $20 dólares.
“Yo amo las flores y no existe mejor trabajo que este”, dijo Bernal pestañeando como señal de sonrisa. Desde niña le gustaron las flores, en especial las rosas.
Una amiga de Bernal fue la que la convenció de vender flores. “Siempre estoy en esta esquina con mi carro de flores, desde las 9:00 de la mañana, hasta las 6:00 de la tarde”, dijo Bernal.
“Mi esposo se contagió de Covid, pero fue leve, yo no me enfermé y ya tengo todas mis vacunas”, dijo Bernal. Este país le ofreció un nuevo futuro y Bernal está agradecida por su vida.