
En el partido disputado en Belo Horizonte, correspondiente a la segunda fecha del grupo F, la afición argentina que en mayoría colmó las graderías del estadio, presenció otra decepcionante actuación, esta vez ante Irán, que jugó a la defensiva ante un rival significativamente superior como lo es la selección albiceleste. La realidad es que Argentina no encontró el camino pero si una muralla roja, basada en un segurísimo arquero (Haghighi), que ahogó cada intento gaucho.
Tuvieron una actuación destacada los futbolistas Sadeghi y Hosszini. Todo el conjunto persa comprendió el mensaje del técnico Queiroz: Refugiarse y cuando se pueda desplegar el contragolpe velozmente. Esto último pudo concretarse en el segundo período, agigantándose la figura del “chiquito” Romero (el jugador más criticado por la prensa argentina antes del mundial). Romero fue sin dudas el que sacó las papas del fuego. Tuvo tres intervenciones magistrales para mantener su valla en cero.
El árbitro no cobró un claro penal a favor de Irán. Las cosas se le hubieran complicado a un equipo que sigue apareciendo como un conjunto de individualidades, y que sigue sin encontrar respuestas, y con carencia creativa. Solo cinco segundos de Messi cuando expiraba el encuentro para clavar la brazuca allá abajo y decretar triunfo argentino y el pase a octavos.
La pregunta que muchos se hacen es: ¿Qué hubiera sucedido en Argentina si Irán hubiera ganado? Por ahora la respuesta es que Argentina no juega bien, no muestra un equipo sólido y certero. Messi hizo su trabajo y anotó, pero la selección no convence.