Nunca había visitado Europa. Aterricé con mi esposa en Madrid, España, tres días después de los ataques terrorista a París, Francia, el pasado viernes 13. El tren que nos condujo del Aeropuerto de Barajas a la estación El Sol en el casco histórico de la capital española nos pareció rápido y ordenado. Sin vigilancia aparente. Cuando salimos de la estación, rumbo al hotel Petite de la Calle Arsenal, había mucha gente y policías. Un día común y corriente en Madrid. Hacía frío.
En el viejo Madrid hay muchos rincones que traen a la mente recuerdos de Latinoamérica. Calles estrechas y empedradas, ventanales de madera y balcones adornados con materas y flores. Sin embargo, no se escucha música en la calle y la gente bebe vino y cerveza todo el día. En la noche, el Mercado San Miguel recibe turistas del mundo que anhelan beber vino y cerveza con tapas. Además de los restaurantes en donde se come jamón, paella y tapas, hay tiendas finas y caras en cada cuadra. No hay mucha gente comprando en estos almacenes y no es fácil encontrar los entablados de flamenco.
En la Puerta del Sol abundan las personas y los oficios. En las mañanas venden lotería y en las tardes los inmigrantes africanos ofrecen carteras y tenis de marca, además de las camisetas con los nombres de los jugadores de fútbol más famosos del Real Madrid y del Barcelona. La misma comunidad inmigrante que se halla en vecindarios como la estación Lavapiés. Allí no sólo hay negros inmigrantes, sino hindúes, musulmanes y latinos.


“Aquí todo cambió desde que impusieron el euro”, dijo Amanda Garzón sentada en una banca y con una inmensa botella de cerveza entre sus piernas. Al lado de Garzón estaba su esposo, quien no pronunció palabra. “Todo subió de precio y no se consigue trabajo”. El olor a comida árabe (halal) inundaba el ambiente de africanos y latinos que discutían en las esquinas ante la presencia de la policía que se desplazaba constantemente en patrullas o a pié. La gente cuelga la ropa en cuerdas o balcones con el fin de secarla.
En Madrid hay decenas de letreros que le dan la bienvenida a los inmigrantes refugiados. Por La Gran Vía desfilaban los obreros españoles exhibiendo carteles en contra de la privatización de las empresas y los recortes del estado. A las afueras del casco histórico hay edificios modernos y más letreros a favor de los nuevos inmigrantes que buscan refugio en la comunidad europea. La programación de televisión está llena de enlatados doblados al español. Los pocos noticieros siguen la noticia del terrorismo en Francia y se preguntan el por qué la izquierda de España ha pedido un minuto de silencio por las “víctimas” del movimiento islámico que mataron a 130 parisinos y luego decidieron quitarse la vida con explosivos.

“Por qué no podemos llevarnos bien”, decía un titular del periódico español El País en donde entrevistaban al líder de la izquierda Jeremy Corbyn, quien culpa a Occidente del fenómeno yihadista. En ese mismo diario, el filósofo europeo Slavoj Zizek critica la “falsa apatía” por los refugiados. “No digo que los inmigrantes no vengan, sino que haya un plan organizado previo. Mi enemigo no es la militarización, mi enemigo es el capital”, dijo Sizek, quien criticó las “estúpidas” intervenciones de Occidente en Siria e Irak.


El periódico de caricaturas Charlie Hebdo, cuyos editores fueron asesinados en Paris a comienzos de este año, dedicó su edición del 18 de noviembre a los nuevos ataques terroristas en la capital francesa.
En el Museo de la Reina Sofía se halla el Guernica, la obra maestra de Pablo Picasso para que la humanidad no olvide los bombardeos de Alemania e Italia contra esa población, ordenados por su propio gobierno nacionalista español para escarmentar a su población. En el Museo del Prado hay también suficientes cuadros de Velázquez, Goya y Rubens y de otros artistas para que no olvidemos las guerras, los reinos, el amor, el odio y cómo el fanatismo y la religión se han encargado de construir y destruir.
A las afueras de Madrid no hay cultivos y tampoco se habla de guerras modernas. En Toledo, por ejemplo, se glorifica la vida y la obra de Miguel de Cervantes Saavedra. Su calles estrechas, más estrechas que en Madrid, están llenas de tiendas en donde se venden botas para tomar vino y todo tipo de escudería y cuchillos y espadas y dagas para matar al enemigo. Las vírgenes y los crucifijos explican su legado religioso y bélico. En las noches Toledo parece un pesebre. Sigue siendo El Quijote.

De España nos desplazamos a Lisboa, la capital de Portugal, pueblo de barcos y navegantes que conquistaron y ayudaron a colonizar el mundo. Vasco de Gama. Edificaciones muy antiguas, del período romano (26 antes de Cristo y 476 después de Cristo), con castillos moros y católicos en las cimas de las colinas para poder divisar al enemigo y proteger los reinados. Algunos fueron construidos sobre inmensas rocas y adornados con baldosas o azulejos en sus paredes. En el Palacio de la Peña vivió Don Fernando II y Doña María II después de 1819.

El sol que calienta a Portugal es único en el mundo: blanco y brillante. Los andenes de Lisboa son en adoquín y las calles en donde nació la música Fado son tan estrechas que a veces no cabe ni un carro. Hay mucha historia en estos laberintos en donde se canta a los marineros que algún día salieron a conquistar el mundo y nunca regresaron. La Calle Real, desde donde se halla la estatua de Fernando Botero hasta el río Tajo, en la bahía de Lisboa, es de una belleza encantadora. Combina lo moderno con lo viejo, las estatuas a los reyes, las plazoletas y las casas de prostitución que en los años 60 acogieron al asesino de Martin Luther King mientras era buscado por el mundo. A ese mismo puerto regresó Cristóbal Colón en la carabela La Niña a informar que había descubierto un nuevo continente: América.
En el vuelo de regreso de Madrid y Nueva York, que dura casi siete horas, nadie hablaba del terrorismo en París, a pesar de que el gobierno de los Estados Unidos le sugirió al de España que aumentara las medidas de seguridad en el aeropuerto de Barajas. No hubo que quitarse los zapatos para que los inspeccionaran. En Francia aumentaban las medidas de seguridad y las leyes antiterroristas de la misma manera que ocurrió en los Estados Unidos después de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001. Desde ese entonces los estadounidenses han perdido muchas libertades civiles.
En Francia los intelectuales se preguntan ahora si el islamismo es compatible con la república que ha construido la nación de las libertades civiles. Bernard Godard, ex jefe de la policía de París y experto en el islamismo, dijo que ante los últimos acontecimientos sería necesario crear una nueva policía a manera de Interpol, “pero europea y dedicada sólo al terrorismo”.
Luego de una semana de viaje, Bruselas, la capital de Europa, llevaba tres días en toque de queda. La gente seguía en sus hogares sin salir a la calle, las escuelas y el comercio no abrían sus puertas. Todas las actividades deportivas y culturales fueron canceladas. Europa comenzaba a reaccionar con miedo a los ataques terroristas. El miedo es el objetivo de los terroristas. Por ahora van triunfando los terroristas. Europa y la humanidad están cambiando, una vez más.
Javier Castaño
Lunes 23 de noviembre del 2015
