El legado del 9-11

La bahía de Nueva York antes de los ataques terroristas que tumbaron las Torres Gemelas. Foto Javier Castaño

Nueva York mantiene vivo el recuerdo del derrumbe de las Torres Gemelas en el bajo Manhattan. Han pasado 10 años y el dolor no se aleja. Murieron 2,753 personas y 1,629 han sido identificadas. La ciudad se recupera, pero los inmigrantes latinos siguen sufriendo las consecuencias del 9-11, como el desempleo, el racismo, la crisis de vivienda, el rechazo a las minorías étnicas y el desmantelamiento de los servicios sociales. QueensLatino.com echa un vistazo a la forma como han cambiado nuestros vecindarios en esta última década: La ideología, las leyes, la religión, la privacidad, la seguridad y las relaciones personales.

Las consecuencias de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 son difíciles de percibir en la vida cotidiana de los neoyorquinos. No se siente el temor en las calles, tampoco en las estaciones de trenes y mucho menos en las discotecas de Nueva York. Aunque algunos residentes abandonaron la ciudad inmediatamente después de los ataques y la mayoría de las personas considera que otra incursión terrorista es inminente. Durante el apagón en agosto del 2003, hubo pánico entre los ciudadanos porque creyeron que la ciudad había sido atacada una vez más. El mismo temor que se apodera de la gente cuando un tren se detiene en medio de dos estaciones y se va la luz por unos instantes o cuando pululan en cualquier esquina los policías para controlar una emergencia.

La presencia de soldados de la Guardia Nacional, las cámaras de video para vigilar a la ciudadanía y las barreras de cemento en las inmediaciones de los edificios del gobierno también han aumentado, así como los retenes en puentes, túneles y estaciones de trenes. Ahora hay que mostrar documentos de identificación para entrar a casi todos los edificios de Manhattan. En los trenes abundan los anuncios con la frase “Si ve algo, diga algo”, para que la gente esté alerta y ayude a impedir un nuevo ataque terrorista. Desde el derrumbe de las torres, Nueva York está en alerta naranja (moderada) y a veces sube a alerta roja (máxima) debido a las amenazas. “En los vecindarios pobres, donde se mezclan los hispanos con los negros y musulmanes, siempre ha habido miedo y las requisas de la policía son permanentes”, dijo la profesora de inglés Raven Blackstone, quien vive en Midwood, Brooklyn.

Altar en memoria de las personas que murieron el 9-11.

Sin embargo, la Gran Manzana sigue siendo el epicentro mundial a nivel financiero, de entretenimiento y de lucha contra la violación de las libertades civiles. Nueva York es la ciudad que más ha sufrido y luchado por preservar los cimientos de la Constitución estadounidense, que protege sin distinciones la libertad de expresión y libre asociación. Nueva York fue creada por inmigrantes y ahora su lucha es contra el alud de leyes que busca justificar, tanto en los Estados Unidos como en otras naciones, la “guerra contra el terrorismo”.

La primera reacción de los Estados Unidos después de los ataques terroristas fue llamar a sus tropas y atrincherarse para repeler al enemigo. Organismos del estado como el FBI, la DEA e Inmigración (ICE) se consolidaron en una sola agencia: la Oficina de Seguridad Nacional. En este clima de tensión, motivado por la venganza, surge el 26 de octubre del 2001 el Acta Patriótica. Con la firma del presidente Bush, “los Estados Unidos expanden su autoridad para combatir el terrorismo dentro de su territorio y en otras naciones”. Así comienza el gobierno a interceptar conversaciones telefónicas y correos electrónicos, a revisar archivos médicos y financieros y a regular las transacciones económicas, en especial con los países árabes.

El Acta Patriótica se compone de 10 cañones que apuntan a mejorar la seguridad interna, vigilar a la ciudadanía, controlar el lavado de dinero, proteger las fronteras, investigar terroristas, ayudar a las víctimas del terrorismo, mejorar los procedimientos de inteligencia y utilizar cualquier mecanismo para defender a los Estados Unidos. También le otorga poderes al Fiscal General para que solicite y use las tropas contra naciones que tengan armas de destrucción masiva. Bajo esta excusa comenzó la guerra en Irak.

Hasta el año 2005, el Departamento de Estado había enviado 30.000 cartas solicitando información privada de personas que viven en esta nación, incluyendo archivos de bibliotecas públicas y universitarias para saber qué tipo de información buscan los lectores. El ex Fiscal General John Ashcroft dijo que entre el 2003 y 2004, un total de 375 personas fueron acusadas bajo el Acta Patriótica y 195 fueron halladas culpables de algún acto terrorista. La Unión de Libertades Civiles de los Estados Unidos (ACLA), además de otras organizaciones, ha gastado millones de dólares para argumentar que las cifras son más altas y que se están violando las libertades de los ciudadanos.

En este alud fue atrapado el latino de origen puertorriqueño José Padilla, quien nació en 1970 en Brooklyn, fue pandillero, estuvo encarcelado varias veces y se convirtió al islamismo. Se cambió el nombre a Abdullah al Muhajir y viajó a Egipto, Arabia Saudita, Afganistán y Pakistán. El 8 de marzo del 2002 fue arrestado en el aeropuerto internacional O’Hare de Chicago cuando ingresaba a los Estados Unidos. Lo detuvieron sin cargos criminales, el presidente Bush lo designó “enemigo en combate” y lo metió a una cárcel militar. Ha sido acusado de “conspiración para cometer actos terroristas” y de pertenecer a la organización terrorista al-Qaida. Su abogado solicitó el mandato judicial de habeas corpus para que un juez determine si su arresto y encarcelamiento es legal o debe ser puesto en libertad. Hasta ahora la Casa Blanca ha ganado el pleito.

“El islamismo es tolerante, condena la violencia y entendemos que los Estados Unidos tienen el derecho a defenderse de los ataques terroristas”, dijo Laila Al-Qatami, vocera del Comité Árabe-Americano contra la Discriminación (ADC). Habló de la discriminación contra los árabes, como la negación de préstamos para obtener vivienda y el rechazo de la sociedad a que usen su propia vestimenta, además del aislamiento de los estudiantes musulmanes en las escuelas públicas. “Esta comunidad tiene familiares en 22 países árabes y desde que el presidente Bush autorizó la intervención de conversaciones telefónicas, nadie habla con la misma libertad”, añadió Al-Qatami. La ADC ha denunciado la ‘registración especial’ a que deben someterse los hombres árabes en los aeropuertos cuando llegan a este país, en donde son interrogados y les toman fotos y huellas dactilares. Si mienten, se exponen a sanciones criminales. De acuerdo a la ADC, 84.000 árabes se han registrado voluntariamente, 14.000 han apelado su deportación y ninguno ha sido acusado de terrorismo. Sin embargo, Al-Qatami confía en que el trato que reciben los árabes en esta nación mejorará con el diálogo y con escuelas públicas como la que se construirá en El Bronx “para la enseñanza de las lenguas árabes y la cultura del Medio Oriente”. Los críticos argumentan que será un plantel para promover en las entrañas de Nueva York el Jihad, la lucha física por los principios del Corán.

Exhibición en la Zona Cero, 2011.

Como respuesta a las medidas adoptadas por esta nación después del 9-11, incluyendo las guerras en Afganistán e Irak, los países árabes han encontrado más motivos de antagonismo y odio hacia los Estados Unidos. Un sentimiento negativo que también ha crecido en los cinco continentes. Zbigniew Brzezinski, ex asesor de seguridad nacional durante la presidencia de Jimmy Carter y quien en marzo de este año publicó un libro sobre este nuevo orden mundial, dijo que la guerra contra el terrorismo que declaró el presidente Bush “ha tenido un impacto pernicioso en la democracia americana, la psiquis de los estadounidenses y el liderazgo de esta nación en el mundo”. Dice que esta guerra estimula la cultura del temor, intensifica las emociones y hace que los demagogos manipulen al público con más facilidad.

Una de las torres, agosto del 2011. Fotos Javier Castaño

“El 9-11 cambió la historia de la humanidad. En los Estados Unidos prácticamente se borraron 50 años de lucha por los derechos civiles y en Nueva York se vive un estado de sitio disimulado”, dijo William Rodríguez, quien fue rescatado de los escombros de la torre norte, es el presidente del grupo de víctimas hispanas, fue condecorado como héroe en Washington y ahora viaja por el mundo para hablar sobre “las mentiras del gobierno estadounidense”. ¿Por qué ese cambio?, le preguntó QueensLatino.com. “La investigación de la Comisión del 9-11 es una farsa. Tenían información sobre los planes de los terroristas pero no la usaron. Borraron las grabaciones del momento en que las personas pedían auxilio. Los aviones del gobierno nunca interceptaron los ataques. Mintieron al afirmar que el aire de la Zona Cero no estaba contaminado y ahora hay cientos de enfermos con cáncer. Todos los perros que fueron usados en el operativo de rescate han muerto”.

Los senadores demócratas Hillary Clinton y Edward Kennedy introdujeron un proyecto de ley con el fin de destinar 1.900 millones de dólares para monitorear y tratar los problemas de salud que causaron los escombros de las Torres Gemelas. Sólo después que 8.500 personas se sumaron a una demanda colectiva contra Nueva York y 150 contratistas que coordinaron la limpieza. Un poco más de 400 personas, incluyendo bomberos y policías, han desarrollado cáncer y 83 habían muerto hasta comienzos de este año por inhalar sustancias químicas en la Zona Cero. Esta ha sido una mentira muy costosa de parte de la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA) que manipuló la información para seguir las órdenes de la Casa Blanca y afirmar que el aire en el bajo Manhattan no estaba contaminado. El gobierno  reconoció su error y por eso la lluvia de demandas.

Además de las mentiras, Rodríguez habla de la forma como se ha incrementado la seguridad en los países europeos, del aumento en el uso de las cámaras de video en el mundo y de las nuevas leyes para capturar terroristas a nivel internacional. Recuerda además las violaciones en la cárcel de Abu Ghraib. “El problema es la segunda estrategia, la que estamos viviendo ahora en contra de los inmigrantes, tanto en Europa como en los Estados Unidos. Les cierran las puertas, los están clasificando como terroristas y son arrestados sin pruebas y por tiempo indefinido”.

El sentimiento antiinmigrante que produjeron los atentados del 9-11 se aprecia en el renacer de grupos como los Minuteman que aumentaron sus protestas contra los indocumentados y en la agresividad de algunos locutores de radio y televisión como Lou Dobbs de CNN, Bill O’Reilly de la cadena Fox y Don Imus, a quien la cadena CBS despidió recientemente por llamar prostitutas a unas deportistas negras. En la Universidad de Nueva York un grupo de estudiantes republicanos se inventó un juego para detectar indocumentados y contó con el apoyo de los Minuteman. En el estado de Nueva Jersey la estación de radio 101.5 FM creó un concurso para atrapar “cucarachas ilegales”.

Los indocumentados en los Estados Unidos están atrapados en una maraña política. Nadie habla de una amnistía general y las dos principales propuestas de reforma migratoria son un sofisma de distracción. Por un lado está la opción de la Casa Blanca que le otorgaría a los inmigrantes un permiso de trabajo por tres años, renovable de manera indefinida y a un costo de US $3.500 cada vez que lo soliciten. La otra alternativa es la presentada por el senador demócrata Luis Gutiérrez y el senador republicano Jeff Flake, que pavimenta el camino hacia la legalización, siempre y cuando el inmigrante pague multas y no cometa delito alguno. El problema radica en que ambas propuestas obligan al inmigrante a salir del país para recibir su residencia y ninguno de los 11 millones de indocumentados parece estar dispuesto a tomar ese riesgo después de pagar US $10.000 por el trámite. En la última década han deportado a un millón y medio de indocumentados y conforme al Departamento de Justicia, 91.117 de los prisioneros en cárceles federales y estatales no son ciudadanos estadounidenses.

Varios inmigrantes e indocumentados perdieron la vida cuando las torres se derrumbaron y sepultaron 17.000 pequeños negocios en el bajo Manhattan. Todavía las autoridades encuentran restos de cuerpos humanos en los alrededores de la Zona Cero, pero esta área se ha recuperado, inclusive por encima de los niveles económicos de hace diez años. Conforme a la Autoridad de Puertos, los proyectos de reconstrucción y embellecimiento del bajo Manhattan han generado 10.000 nuevos trabajos y un ingreso anual de 3.700 millones de dólares.

La reconstrucción de los cinco edificios del Centro Financiero Mundial (WTC) cuesta alrededor de 20 mil millones de dólares, incluyendo el monumento en honor a las 2.753 personas que murieron el 9-11. Todas las obras estarán terminadas en los próximos cuatro años. Para ese entonces es muy probable que seamos más tolerantes con nuestros vecinos.

Javier Castaño / NY

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