
Alfredo Leyva, dueño del restaurante El Toro Bravo en la 88-12 de la Roosevelt, muestra en su iPhone los aguacates que plantó en su finca de cuatro hectáreas en su natal Coatzingo, Puebla.
Con su dedo, pasa las fotos de sus dos nietos, las fotos de alguien posando con dos rifles en cada mano, la foto de una pistola, hasta llegar a la imagen de sus aguacates. “Ese es mi plan de retiro para cuando ya me vaya”, dice Alfredo.
Está sentado en el bar tomándose una cerveza junto a su hermano Gonzalo. Los Leyva son hombres corpulentos. Alfredo viste de camisa y pantalón negros. Tiene una cadena de oro en su cuello en forma de escorpión y también tienen un escorpión tatuado en el cuello. Gonzalo usa una cruz plateada, una pulsera de plata en su muñeca derecha y un pendiente en la oreja izquierda.
El Toro Bravo está decorado con imágenes de toros y ornamentos relacionados a la ganadería. Es un restaurante de concepto abierto en donde la cocina se puede ver desde las mesas. El restaurante está dividido en el medio por una pared, a través de la cual está el bar.
“Le queríamos poner ‘Toro Sentado’ pero ese es el nombre de un indio”, dice Alfredo.
Alfredo llegó primero a Los Ángeles, pero se vino a Nueva York en 1979. Ambos hermanos son parte de los primeros mexicanos que llegaron a Nueva York. En ese tiempo la ciudad era muy diferente. Alfredo tuvo que traerle tortillas desde Los Ángeles a un hermano mayor que ya vivía en Nueva York porque aquí no vendían.
Alfredo comenzó trabajando en restaurantes y delis con italianos, griegos y judíos. Las leyes de inmigración eran más estrictas en ese tiempo. Al llegar Gonzalo a Nueva York en 1982 fue detenido por inmigración cuando estaba solicitando empleo en una agencia.
Gonzalo cuenta entre rizas que lo atraparon a las 10 a.m. y a las 5 p.m. ya estaba en un avión de vuelta a México. En ese tiempo era mucho más barato cruzar la frontera, así que lo volvió a intentar. Los hermanos no arreglaron sus documentos hasta la amnistía de 1986. Desde entonces, Alfredo se ha hecho ciudadano y Gonzalo dice que lo hará este año.

LOS PIONEROS
“Nosotros fuimos los primeros en la Roosevelt con comida mexicana”, dice Alfredo. En 1990, después de trabajar para otros por más de diez años, los hermanos decidieron fundar su propio negocio. Fue entonces cuando Alfredo y Gonzalo empezaron a buscar un local.
Gonzalo recuerda como lucía la Roosevelt en aquellos días. Los negocios eran dominados por colombianos. Su cuadra en la calle 83 era casi un lote baldío y cerca de la Junction no había actividad comercial.
Con ayuda de la inversión de algunos amigos, los hermanos alquilaron un local y fundaron su primer restaurante al cual llamaron Tacos México, en el mismo lugar donde hoy opera El Toro Bravo. Como no tenían papeles en ese tiempo, Alfredo puso a su socio David Orduña como propietario.
El negocio comenzó a crecer. Alfredo usaba la experiencia que adquirió como taquero en Tijuana mientras que Gonzalo se encargaba de los clientes. Al comienzo usaban platos de descartables y no tenían meseras.
Poco a poco fueron creciendo. Después de dos años, los Leyva fundaron un segundo Tacos México en la calle Warren y después en la calle 102 y National. La comunidad mexicana surgía a su alrededor. “Empezamos con restaurantes”, dice Alfredo de los negocios mexicanos, “después las tienditas con productos mexicanos y después los bares”.
Abrieron otro Tacos México en la Northern Boulevard en el 2008, y allí se quedaron hasta el año pasado. El Tacos México que operaba en el local de la calle 83 había cerrado hace dos años, así que los Leyva volvieron a alquilar el local y lo renombraron El Toro Bravo.
Sentado en frente del espejo de su bar viendo televisión, los hermanos meditan sobre su éxito. “Muchos dicen que es suerte”, dice Alfredo. “No es suerte. Tú tienes que echarle ganas y trabajar”.
En estos momentos Alfredo está explorando la posibilidad de abrir otro restaurante en Long Beach, Long Island. Dice que allí las autoridades le dan más oportunidades para a los negocios.
“Si quieres que las cosas te salgan bien, pues haz las cosas bien”, dice Alfredo. “La suerte la hace uno mismo. Uno tiene que trabajar, trabajar, echarle ganas y ser positivo”.
Percy Luján