Desde que nacemos experimentamos una sucesión de cambios en nuestra personalidad, desde el primer suspiro de aire hasta el último que nos ha transportado por una serie de acontecimientos en los espacios que hemos convivido, hayan sido estos en nuestro propio entorno o en otros que muchos ni siquiera hemos deseado vivir.
Si bien durante nuestra adolescencia o desde nuestra niñez, escuchamos historias en la prensa del adulto, del vecino, del compadre de nuestros padres, diciéndonos que somos parte de una categoría de países sub-desarrollados y que los “desarrollados” son mejores que nosotros en todos los sentidos, en educación, valores familiares, más tolerantes, etc.
Muchos entonces pensamos que estas naciones son la tierra prometida o los “paraísos”. Así que millones de hermanos y hermanas que hemos tenido que salir del terruño nacional “subdesarrollado” los hemos hecho por voluntad propia o involuntaria (crisis económicas o asilo político).
Para los que hemos vivido experiencias de procesos políticos, como elegir un presidente, alcalde, etc., también hemos escuchado las “promesas de cambio” para mejorar nuestra calidad de vida. Lo mismo hemos escuchado en los otros países que hemos vivido, promesas que no se diferencian entre sociedad sud-desarrollo o desarrollada.
Un claro ejemplo y muy reciente es el del actual presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, quien ganó prometiendo un cambio y con un gran apoyo de nuestra comunidad que es identificada como de “minoritaria”, y lo que hemos obtenido es una política discriminatoria con el apoyo del partido republicano, más de mil personas deportadas a la semana y negando el beneficio de votar a los residentes que pagamos impuestos y que años atrás podían hacerlo. El alcalde de New York que en sus campañas con su pésimo español prometia: “toros somos inmigrantes e importantes”, pero mantiene un programa que promueve la discriminación por intermedio del Stop and Frisk. Algunos presidentes y políticos de la región conocida como latino-americana realizan sus promesas que harán lo mejor por sus connacionales y atacan al “imperio”, cuando se educaron en estos, pasan sus vacaciones, compran en las mejores tiendas de este nación u otras “desarrolladas”, tienen sus cuentas bancarias en bancos extranjeros y cuando se les descubre sus actos de corrupción terminan “exilándose” en los mismos países que antes despreciaban.
Esto no quiere decir que los cambios no son positivos, la diferencia es que cuando vienen de gente honesta y que siente lo que sentimos, podremos vivir y sentir un verdadero cambio. Pero con la participación activa de cada uno de nosotros, elegir a quien nos va a representar en todos los ámbitos, conocer a las personas significa que debemos estar empapados de saber quiénes son, que han hecho por ellos mismos y por otras personas. Para que un cambio llegue a nuestras vidas y convivir en una mejor sociedad, debemos ser piezas del rompecabezas y no solamente un dolor de cabeza.
En los próximos días se elegirá un nuevo alcalde en la ciudad de New York y si las personas que pueden votar no lo hacen, pues están ayudando a que las promesas no tengan un impacto real que hacen falta en nuestra comunidad.
Este próximo 5 de noviembre los que vivimos en New York y tengamos el derecho de votar legalmente, lo podemos hacer voluntariamente. Quienes no son ciudadanos estadounidenses podrán votar simbólicamente en la Plaza de la Diversidad (74 Street y 37 Road, Jackson Heights. Trenes: 7, E, F, M y R hasta la Roosevelt Ave, 74th Street & Broadway) durante todo el día. Es una manera real de traer cambios a las políticas de participación, que es un derecho en las sociedades democráticas, sean “subdesarrolladas” o “desarrolladas”. Los grandes cambios necesitan grandes voluntades.
Walter Sinche es un activista comunitario y fundador de Alianza Ecuatoriana Internacional