Un Diario con ayer y sin mañana

El primer asentamiento europeo en la isla de Manhattan fue holandés. Había gentes de medio mundo conocido. Todos andaban buscando el canal que les comunicara con la mítica China, la tierra del Rey de Cipango. Un inglés, Henry Hudson, anduvo metiendo las narices por el río que hoy lleva su nombre. Pero nada de nada. Llegaron en esa ola migratoria hasta españoles y portugueses. Y pronto empezaron los asentamientos hispanos en la Nueva Amsterdam, o sea, la Nueva York de hoy.

Portada del periódico que ahora se llama El Diario.
Portada del periódico que ahora se llama El Diario.

 

Cientos de años han pasado. Cientos de instituciones para entretener, anunciar, vender, educar y contar chismes nacieron en la ciudad en donde nadie se siente extranjero porque todos lo somos. En donde se hablan hasta 700 lenguas distintas pero una es predominante, el español, o el castellano, como mejor creamos darle nombre.

A comienzos del siglo XX la comunidad hispana estaba tomando fuerza. Pronto se quiso hacer presente en la prensa local. Fueron muchos los panfletos que tuvieron la suerte de un día. Dos de esos pasquines se convirtieron en un periódico como dicen en mi pueblo, como Dios manda. Y de esos dos, como en maridaje consensuado, surgió uno solo: El Diario La Prensa.

Muchos años han pasado de tal matrimonio periodístico. Cien años y creo alguno más. Y los analistas de Wall Street siempre se han sentido sorprendidos de cómo un periódico en español ha sido capaz de sobrevivir tanto tiempo. Y con gran presencia en la comunidad.

Las preguntas son sencillas, las respuestas complejas. El Diario La Prensa, el maridaje de dos pequeños periódicos, formó parte de una comunidad, la puertorriqueña. Era su vocero, su periódico, su referencia y fuente de información. Miles de niños puertorriqueño aprendieron español leyendo con sus padres El Diario La Prensa. Recuerdo hace años cómo, emocionada hasta el punto de humedecérsele los ojos, conversando con la Directora del Coro de la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce, Puerto Rico, me hablaba de sus años de infancia cuando su padre la sentaba junto a él y le iba enseñando español leyendo el Diario.

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Pasaron los años. Los boricuas de la primera llegada se fueron diluyendo. Murieron o se regresaron a la Isla. A los hijos ya no les interesaba El Diario. El inglés era su lengua materna y no entendían. Vino a salvar El Diario la comunidad dominicana. Estaban acostumbrados al Listín Diario, El Caribe y Ultima Hora, donde se publicaba la media página “La cámara la vio así”. El Diario no era lo mismo, pero a falta de pan, buenas son galletas.

Cuando se mira hacia atrás vienen a la memoria algunos de los grandes héroes y visionarios que supieron luchar por el periódico, como un Carlos Ramírez que empeñó hasta los tenis por salvar el periódico. Manuel Unánue, quien se convirtió en mártir de la Libertad de Expresión siendo asesinado por sicarios. Directores como Fernando Moreno, Javier Castaño, Gerson Borrero con los cuales se podía estar en desacuerdo, pero lucharon juntos con el resto de la redacción. Jacqueline Donado, Evelyn Hernández, Rossana Rosado o la polémica Vicky Peláez fueron las féminas inquietas y andariegas que hacían posible que cada día naciera un nuevo Diario, aunque fuera con dificultad.

Todo esto es un ayer que se mira con nostalgia. El Diario la Prensa es un periódico con un gran pasado y un mediocre futuro. Intereses comerciales e ignorancia de la realidad hispana en Nueva York están acabando con un ícono de la historia de la comunidad, un periódico donde se podía disentir, llegar con hangover a trabajar, pelearse hasta decir ya, pero era nuestro periódico. ¿Hasta cuándo? No sé.

El Padre Tomás del Valle es un ex columnista de El Diario La Prensa. Fundador de la Organización “Descubriendo el Siglo XXI”. Produce y dirige el programa de radio semanal “La Tertulia” que se transmite los jueves de 8 a 10 PM por WPAT 930AM.

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