
Luz Karine Vargas
La costurera Mariela López Marango es una mujer que exhala orgullo y camina con la frente en alto porque tiene claro que las decisiones que ha tomado le han servido para aprender y crecer. Ha pasado por buenos y malos tiempos.
López, con mirada profunda y sonrisa de satisfacción, dijo que su vida en ocasiones se tornó confusa, pero siempre pensó en quienes eran su prioridad. “En mi país de origen vivía bien, en una ciudad bonita, tranquila y sobre todo era una modista de alta costura reconocida que trabajaba como diseñadora, haciendo vestidos para toda ocasión, primeras comuniones, bodas o todo aquello que me encargaran”, recuerda López.
Llegó a los Estado Unidos en el año 1994, al barrio Woodhaven de Queens. Al principio frecuentaba el país como una turista más, con estadías de dos a tres meses como máximo. “Empecé a venir a Nueva York porque mi hija me necesitaba. Tenía una hija y en 1998 quedó embarazada de su segundo hijo y era más indispensable cuidar a mis nietos que tener una estabilidad económica lejos de ellos, sabiendo que necesitaban de mi ayuda”, dijo López con orgullo.
Decidió dejar atrás su trayectoria laboral para dedicarse a cuidar a sus nietos mientras que su hija progresaba laboralmente en el país de las oportunidades. Nana, la hija de López, se estableció con su esposo en Nueva York en 1993. “Yo empecé a trabajar en limpieza para una compañía llamada Tiffany, la cual se conoce por ser la número uno en joyas. Cuando yo recién llegue los uniformes eran feos y estaba acostumbrada a arreglar todo a mi estilo, con la ayuda de mi mamá”, recuerda Nana. “Los toques de diseño generaron buena impresión y curiosidad por saber quién era la persona detrás de los arreglos. Entonces empecé a recomendar a mi mamá y todos la querían como modista mientras yo fui escalando en la compañía”.
López sin duda alguna fue premiada con una habilidad en las manos que parece magia. “Hubo ocasiones en donde algunas empresas me llamaron para que trabajara para ellos, pero yo siempre he sido independiente, no me gusta tener jefes y me encanta manejar mi propio horario”, dijo López. Así que nunca aceptó las propuestas de trabajo. Empezó a confeccionar réplicas exactas de los vestidos más caros y de las tiendas más famosas y así fue obteniendo poco a poco una clientela. Se hizo famosa como costurera por su trabajo y por las recomendaciones.
Aunque siempre puso por delante el amor a sus nietos, aquellas criaturas que le daban y le siguen dando felicidad. “Cuidar a mis nietos fue la mejor decisión que pude tomar, ahora están grandes, son muy juiciosos, estudioso, muy buenos conmigo y grandes seres humanos. Para mí es la mejor satisfacción, no me importa haber dejado todo lo que había construido y lo mucho que podía seguir escalando. Yo quiero mucho a este país, me encanta el otoño y le tengo un gran aprecio a este sector de Queens. Estoy agradecida con lo mucho que nos ha brindado. Siento que es el lugar perfecto porque no existe nada mejor que la tranquilidad y la seguridad”, concluyó López en su hogar, frente a la máquina de cocer.
