
Por Thiago Amador –
En la esquina de la calle 89 y la avenida Roosevelt, en Jackson Heights, Queens, se halla Margarita Cuesta de 78 años. Cuesta se encontraba sentada en una silla apoyada en una de las columnas que sostiene los rieles del tren 7. El ruido en ocasiones es ensordecedor.
Vestía una camisa con estampados de flores en blanco y negro y una mascarilla debajo de su barbilla. Las altas temperaturas de este verano neoyorquino no impiden que la señora Cuesta salga a trabajar a diario en esa esquina donde vende mascarillas en estos tiempos de la pandemia del Covid-19. A su lado hay una mesa con diferentes cajas de tapabocas desechables y mascarillas con diseños variados que vende por unidad.
“La pandemia me tenía asustada, nerviosa, me dio por seis días, pero no me maltrató”, dijo Cuesta quien ya recibió las dos dosis de la vacuna Pfizer la cual se puso en el hospital Elmhurst de Queens.
Cuesta vive en una habitación la cual renta en un barrio de este condado. Se dedica a vender mascarillas desde hace 5 meses. Anteriormente trabajó ‘volanteando’ para una joyería donde compraban joyas y gritaba a diario ‘Compro oro’ como se escucha en muchos sitios a lo largo y ancho de la avenida Roosevelt. Este oficio lo desempeñó por alrededor de 15 años. “Yo trabaje como año y medio para una factoría de perfumes”, dijo Cuesta. La factoría cerró y encontró el trabajo de volantera. Vive en Queens desde hace 20 años.
El puesto de mascarillas abre a las 10 de la mañana y cierra a las seis de la tarde. “Cada mascarilla por unidad se vende a $4 y a veces vendo diez u ocho y hay días que no vendo nada”, añadió Cuesta. Tuvo dos hijos quienes viven en Nueva York y 6 nietos que viven en su país.
Esta latina nos cuenta que vive sola, no está casada, y que sus pasatiempos no son muchos. En esa estructura de cemento y metal en donde apoya la silla para sentarse a vender las mascarillas, había un aviso de los muchos que se ven en la avenida Roosevelt de apartamentos y habitaciones para alquiler.
A las seis de la tarde se va a su habitación y se duerme hasta el día siguiente para ir a trabajar en su puesto de mascarillas. “Mi televisor está malo”, dijo Cuesta y por eso no puede dedicarse a su pasatiempo favorito, ver noticias y novelas. Se le quemó el aparato.
Nos regaló unas servilletas para secarnos el sudor a causa del calor abrumante del mes de agosto en Nueva York. “Límpiate los sudores”, dijo Cuesta con una sonrisa y tono amigable.
