Vendedora ambulante y madre

Amanda Ocharan en su puesto de ventas debajo de las escaleras del tren 7 de la calle 82 en Queens, Nueva York. Foto Luz Karine Vargas

Por Luz Karine Vargas  —

En la Avenida Roosevelt, al lado izquierdo del restaurante La Gata Golosa y muy cerca de las escaleras que dan acceso a la estación de la calle 82 del tren 7, en Jackson Heights, Queens, se halla Amanda Ocharan. Es su lugar de trabajo como vendedora ambulante.

Una mujer que con solo hacer contacto visual, regala a los transeúntes una sonrisa. En ese lugar es muy conocida y los transeúntes la saludad con insistencia.

Es en esa esquina en donde Ocharan tiene su puesto de ventas. En una mesa vende crispetas y frituras y en otra mesa vende tapabocas. Dentro de las neveras tiene botellas de agua que vende para “para la sed”, como le encanta decir a Ocharan.

Esta mujer es de Perú y va a cumplir 30 años de estar viviendo en Nueva York. “Recuerdo que cuando recién llegué a este país, me recibió mi cuñada Gabriela”, dijo Ocharan, siempre terminando sus oraciones con la frase “si señorita”.

“Mi primer trabajo fue vendiendo baterías en el tren, pasaba de vagón en vagón y de tren en tren, trabajaba muy duro”, recuerda Ocharan, quien laboraba hasta la madrugada.

Poco tiempo después, Ocharan consiguió un segundo empleo. “Empecé a trabajar en una compañía de relojes haciendo limpieza”, dijo Ocharan. Por mucho tiempo mantuvo dos trabajos.

“Después me puse a vender acá donde estoy, llevo 28 años en este puesto”, dijo Ocharan con una sonrisa. “He hecho muchas amistades en este puesto”.

El agotante calor o el frío extremo de la ciudad de Nueva York nunca han sido un impedimento para esta mujer que ahora se gana la vida como vendedora ambulante.

Ocharan tiene 9 hijos, 3 residen en Estados Unidos, dos hombres y una mujer y 6 aún se encuentran en Perú, “Me gusta esta ciudad porque con mi trabajo ayudo bastante a mis hijos”, dijo Ocharan acomodando sus dos trenzas.

“Siempre he vivido en Queens y en este momento vivo cerca de mi puesto de trabajo”, dijo Ocharan mientras realizaba una venta, agradeciéndole a su comprador y dándole la bendición.

En la pandemia, Ocharan guardo cuarentena por seis meses y nadie de su familia se enfermó.  “Ya me apliqué las tres dosis de las vacunas y me siento bien”, dijo Ocharan mientras un amigo le ayuda atendiendo a los clientes.

“Ahora el trabajo ya mejoró, siempre llega el pan de cada día”, dijo Ocharan. Como la mayoría de los neoyorkinos, considera que la pandemia está llegando a su fin, aunque sigue cuidándose.

Ocharan no se arrepiente de haber tomado la decisión de vivir en Estados Unidos, porque ayudó en su momento a sus padres, quienes murieron hace muchos años. “No hay un día que no extrañe Perú, allá están mis hijos y toda mi familia”, dijo Ocharan con nostalgia.

“En este momento no vale la pena vivir en Estados Unidos porque el sueño americano términó”, dijo Ocharan de manera enfática, con determinación. “Siento pena por los que duermen en la calle y es el resultado del desempleo”.

Esta guerrera de la vida se despide con una hermosa sonrisa. Con amabilidad y gentiliza me regaló una folsa de frituras y me dijo: “Dios te bendiga y te de mucha sabiduría”.

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