Holanda se encargó de darle el tiro de gracia a la selección de Brasil, goleándola 3 a 0. Robben, Van Presie, Lodin y compañía pusieron una vez más al desnudo las deficiencias de un equipo que nunca supo a qué jugaba. Brasil terminó cuarto dando la impresión que esta colocación final es muy generosa para un equipo que recibió 10 goles en los últimos dos partidos. Esta paupérrima actuación es la peor performance en cuanto a goles encajados (14), en 1938 habían recibido 11.
Los nervios y el desconcierto de los jugadores se reflejó en la cara de Luis Felipe Scolari y contagiaron a un público decepcionado que reaccionó abucheando al equipo a partir del segundo gol holandés (19′) anotado por Lodin. El primero sucedió a los 2′, tras ejecutar un penal Van Persie. Aunque no fue penal sino que correspondía tiro libre y expulsión del último hombre de Brasil. El árbitro se apiadó de Brasil y “balanceo” con esta doble errada decisión.
El segundo tiempo fue solo un trámite para una Holanda que hacía correr el balón y los minutos. Los reemplazos que dispuso el técnico de Brasil solo aportaron patadas. Quisieron repetir lo de Colombia (ganar pegando a mansalva). Se utilizan estas artimañas cuando se carece de talento futbolístico. El tercer gol llegó porque a Robben se le ocurrió que debían acelerar un poquito para salir del letargo y decirle a los brasileros que dejen de pegar (inteligente fórmula, te contesto con goles a tus patadones).

Brasil se enredó en la historia y a ella deberá acudir para salir de las tinieblas en la que está inmersa luego de este mundial, en su propia casa.