
El Colectivo Poetas en Nueva York recorre Queens con sus historias para el alma, formó parte del equipo editorial del periódico del Colectivo “Vecindad” y aquí publicamos algunos poemas y un cuento del amor y el desamor.
Barrio de Solitarios / Solitario Hood
“Quien nos quiso herir,
nos acepto”
Ricardo León Peña-Villa
Camas sencillas llenas de espinas
propicia la noche
para el asalto de la pesadilla.
Cocos azules buscando papeles,
¡corre soñador! La libertad depende de tus piernas,
soñador camaleón tras el matorral del desierto,
soñador pescado pasando el río,
saltara la cascada sin reparo
pues el coco azul viene con sus amigos
y si el soñador es cogido piña
piña, piña, piña
y en medio del salpicón, de vuelta al inicio.
La pesadilla acaba
son los brazos de mama
los que consienten,
curan heridas,
acaban la soledad
ahuyentan cocos y salvan.
Solo que, en un barrio de solitarios,
despertar no es cosa sencilla.
mama no esta,
los cocos andan sueltos,
y se levanta el soñador en cama sencilla
llena de espinas.
Nicolás Linares
Perros
Hay que decirlo, no se cree aun en la noticia,
allí vemos a los pobres perros con sus crías,
haciendo hoyos en la arena, saltando barricadas
y desenterrando hasta las bellotas de las ardillas.
esto es una Guerra,
cualquier huesito en la tierra sirve para caldo,
más cuando los perros no tienen tierra.
No les importa, al fin y al cabo es normal ver
perros sin huerta, es normal encontrarlos con cara
de hambruna al lado de la carretera, al fin y al cabo
siempre fueron echados a patadas de los edificios oficiales
y de las iglesias.
al fin y al cabo, si no los quieren en las universidades
y no les tiran la moneda,
quedara como refugio la jauría.
Es cuestión de sinceridad,
los perros no entienden el lenguaje oscuro de las marionetas.
han sabido aguantar, no sufren de humanidad,
se mantienen en latencia. Aprendieron en la resistencia
lo que la dignidad no les quiso enseñar
y mientras puedan dormir
seguirán soñando.
Nicolás Linares
Dogs
So we shall say! we have yet no belief in the news.
There we see the poor dogs with their puppies,
making holes in the sand, jumping barricades
and digging up acorns from the squirrels.
This is a war.
A bone found anywhere is used for a stew,
even more when the dogs have no place.
They have no interest, at the end it is of normal view
dogs without gardens, it is common to see them with the face
of hunger at the side of the road, after all
they were always kicked out from government buildings
and churches.
At the end of the day, if they are not wanted in universities
and nobody flips the coin,
their pack will remain as their shelter.
It’s a question of sincerity,
dogs do not understand the obscure language of puppetry.
They have known how to endure,
they don’t suffer from humanity,
Remain dormant. They learned in the resistance
what dignity did not want to teach
and as long as they can sleep,
they will continue dreaming.
Nicolás Linares
Percanta Tuya
Noches de tango en cueros
donde entre el sudor del acordeón
y el remolino interminable
de gemidos de bandoneón,
se confunden,
entre notas y compases
mis deseos de tu piel magnética
con aroma cítrico y tus manos llenas
de mis quiero más …
Mi placer en vos lentamente
asciende en este vuelo
de música y jadeo.
Siluetas a la deriva
en tus sabanas,
sombras de un
cuatro por cuatro ebrio…
y más…
Cansada ya la noche llama
al alba. Amaneces y desvaneces.
En la inmensidad de tu cama,
en la espesura de la luz cotidiana
me habré encontrado amada.
Sandra Torres
La 23
Salvatierra caminaba la ciudad a la expectativa de hallar a su paso cualquier suceso trágico o cómico siempre y cuando no trasgredieran los límites de lo cotidiano que en su esencia provocaban en él la misma sensación. Después de capturar el anhelado instante, elevarlo a cierto nivel metafísico, describirlo en un ensayo algo científico, algo poético, lo dejaba guardado debajo de su cama, tal vez reservándolo para la hoguera del fin del mundo. Gracias a que nunca distinguió entre “lo de acá y lo de allá”, porque creía eran la misma cosa, poseía la habilidad de capturar belleza en lo simple. Sí una paloma yacía aplastada en la avenida, siempre quedaba una pluma blanca girando en la porquería del charco que a su vez descomponía su reflejo en colores de una manera maravillosa; sí la madrugada era fría, existía una gran posibilidad que un fantasmagórico vapor de agua se elevara desde las alcantarillas y cruzara la bombilla del poste tomando la apariencia de un gran ser de luz. De este modo Salvatierra sorteaba la soledad y su locura que le permitía ser ese único observador casi omnisciente entre los transeúntes como creemos serlo todos cuando caminamos sin afán de llegar a algún sitio. Todo cambiaria cuando vio a una muy bella mujer en una esquina de la calle 23. Apenas pudo divisar el cabello negro y lacio que despuntaba hasta sus hombros, chaqueta blanca hasta las rodillas que desabotonaba en el pecho donde erigían suntuosos unos robustos pechos apenas cubiertos por una blusa blanca. Como todo lo que se observa en la distancia y la multitud de las 5 de la tarde, la perdió de vista. “Simplemente se escabulló por entre el declive de sus senos” dijo en voz alta.
Cuando Salvatierra llegó a su guarida no tuvo otro remedio que pensarla y escribió en la pared del baño, algo que titulo “La 23”.
“Le llamaré Ms. Ames, y con ese nombre la seguiré. Aun me pregunto porque entre tantas ella despertó mi interés y mis ganas de no estar solo. Vestía como cualquiera, se paraba como cualquiera que espera que cambie el semáforo. Algo en ella me recordó a alguna profesora del preescolar, algún personaje de alguna novela de Jeremías Jacobo o alguna pintura de Klimt. La llamaré Ms. Ames porque cuando la ví me dieron ganas de gritarle: “Ms. Ames, te seguiré y te alcanzaré, si es necesario llegaré a las 5 de la tarde a esa esquina de la 23 y la verdad no sé de donde sacaré valor para hablarte.””
Los días siguientes fueron largos y pesados, Salvatierra salía muy poco de su estudio. Ms. Ames llenaba los zaguanes, los canvas, el cemento del balcón, las notas en la nevera, el techo justo arriba de la cama, la mesita de centro, la vela, los cuadernos, la noche, el indio de madera qué fuma tabaco.
Trazó mapas y coordenadas, aprendió sofisticadas fórmulas matemáticas para calcular las probabilidades de un reencuentro. Estudió los métodos de apareamiento de las más exóticas especies de pájaros, escudriñó los recientes estudios sobre feromonas, intentó con la escoba pero no logró aprender a bailar tango, sin embargo perfeccionó el paso básico del bolero.
Se decidió por el último viernes de octubre, día lluvioso según los pronósticos, para un encuentro con una desconocida, añadiendo el caos de la hora pico, la confusión, la casualidad, los charcos.
A las 5 de la tarde, ella saldría de su trabajo, caminaría en dirección este y esperaría el semáforo para cruzar la 23. Salvatierra estaría justo junto a ella en el cruce peatonal, inclinaría su cabeza bajo la sombrilla de Ms. Ames, le diría algo a su oído, ella le sonreiría, le daría un espacio junto a ella, muy cerca de ella para no mojarse, caminarían bajo la lluvia, se tomarían un café, intercambiaran números, correos electrónicos, facebooks; volverían a hablar, se verían de nuevo, se tomarían de la mano, se amarían.
Salvatierra ha esperado unos minutos después de la 5, bajo la lluvia fría de octubre, cuando ve a Ms. Ames caminar entre la gente en dirección a la esquina acostumbrada. La luz del semáforo esta en rojo como lo había calculado, se aproxima detrás de ella, la huele, la presiente, se aterroriza pero no desiste, esta totalmente mojado, ella lleva una sombrilla de colores, la manada de gente se detiene. Están uno junto al otro, Ms. Ames no sabe que esta siendo observada, Ms. Ames no sabe que se llama Ms. Ames. Salvatierra acerca su rostro hacia ella, olvida lo que iba a decir, el soneto, el ritmo, olvida el: “Ms. Ames, te seguiré y te alcanzaré; si es necesario llegaré a las 5 de la tarde a esa esquina de la 23 y la verdad no se de donde sacare valor para hablarte.” Cierra los ojos y mejor decide besarla en el pelo. Abre los ojos, Ms. Ames se ha movido, salió corriendo asustada, como la gacela que escapa del depredador hambriento. Salvatierra la perdió de vista. En ese instante a lo lejos, en la otra esquina de la 23, aparece una morena alta de rizos mojados cruzando al otro lado de la calle. Salvatierra se da cuenta que en realidad no la perdió de vista.
Diego Rivelino
Los felicito a todos, es lindo saber que ustedes siempre están soñando. Me esncantaron los poemas. Sueñen amigo, que cuando despierten alas les hayan nacido, para volar al mundo mágico, que es en donde viven las poesias. Los quiero.