
La comunidad inmigrante en los Estados Unidos está siendo atacada con racismo y leyes antiimigrantes. Pero estas historias cuentan la vida de latinos que llegaron a esta nación a contriburi con su trabajo y dedicación. Percy D. Luján viven en Queens y es estudiante de periodismo en el Lehman College de El Bronx.
La jaula de oro
A Javier Clemente le gustaría tener una novia coreana.
“Una gritadera de…” dice el cocinero mexicano sonriendo sin terminar la frase y levantando la mirada para el costado.
Detrás del mostrador de vidrio donde yacen varias pizzas, Clemente toma un pequeño descanso de su trabajo en el Dynasty Deli en Jackson Heights.
Con doce años en el país, Clemente ha sido un “mil usos” trabajando de mecánico, en limpieza y de pizzero.
Trabajó incluso durante el apagón que afectó la ciudad de Nueva York – y gran parte del noreste y el medio oeste del país – el año 2003. “¿Tú crees que en Nueva York va a haber un apagón? Increible, man”, dijo.
El establecimiento en Flushing donde trabajaba estaba a oscuras, pero el dueño puso su carro con los faroles encendidos en frente para que así estos iluminaran el lugar. Mientras los otros establecimientos estaban cerrados, Clemente – quien se quería ir – siguió cocinando para los clientes.
Clemente se describe como “felizmente soltero”. “No hay nada como la soltería acá en Nueva York”, dijo. También dijo que las mujeres de la ciudad buscan hombres con dinero.
Con solo unos cuantos familiares lejanos viviendo en Nueva York, Clemente – quien vive en Elmhurst – ocupa su tiempo libre visitando Facebook y escuchando música. Solo de vez en cuando va a una fiesta o cumpleaños.
Dice que le gusta Nueva York. Clemente dice que aquí uno encuentra de todo tipo de gente: buenas personas, malas personas, personas racistas y buenos samaritanos. “Eso sí, muy caro todo”, dijo.
Una de las experiencias que más recuerda fueron los ataques del 11 de septiembre.
Clemente dice que iba en un bus retrasado a ver a su novia cuando de repente vio a las personas llorando. Dijo que ese día iba a llevar a su novia para que se tomara fotos por el World Trade Center. Según él, la humareda se podía ver desde Woodhaven.
Clemente cuenta que todos los establecimientos cerraron, entre ellos las tiendas y los “malles”.
Ahora, las esperanzas de Clemente están puestas en una reforma migratoria. “El cambio”, dijo, “aunque no creo que llegue.”
Recordó una canción de los Tigres del Norte titulad “La jaula de oro” que habla de un inmigrante mexicano sin poder salir de los Estados Unidos por su estatus migratorio. “Esto es una jaula de oro”, Clemente dice. “Sales afuera y te noquean”.
Por el momento, su futuro consiste en seguir trabajando – porque no queda de otra – y “seguir jugando la lotería”.
Según Clemente, aquí no tiene estabilidad. En un año piensa regresarse a México. “Si es que no me deportan antes”.

Sólo sacrificios
Marta Pinto se sometió a una cirugía para tratar un cáncer de seno. Quince días después, su esposo fue deportado por autoridades de inmigración.
Desde ese día, la ecuatoriana ha tenido que criar a sus dos hijos sola. Ambos son ciudadanos estadounidenses.
Después de veintiún años viviendo en el país, ella recuerda que entrar por la frontera era más fácil. “No creo que ni en una semana estuve aquí”, dijo.
Pinto entró con visa a México y en dos días ya estaba en Tucson, Arizona. “Un ratico” después, llegó a Nueva York
Dentro de su apartamento en el primer piso de un edificio de Jackson Heights, Pinto prepara comida para vendérsela a otra persona.
Está friendo un pescado que después deposita en un recipiente de aluminio. Después pone el recipiente dentro de una bolsa blanca de plástico con una sopa y maíz tostado.
“Yo tengo que pagar sola la renta”, dijo. Aunque trabaja en limpieza, ella necesita ingresos adicionales para mantener a sus hijos.
Por las noches, ella sigue cocinando. Los miércoles y viernes se va a dormir a la una de la mañana para levantarse a las cuatro el siguiente día. “A veces ni duermo”, dijo.
“Me gusta hacer tamales, quimbolitos, humitas, cebiche”, dijo. Pinto solo cocina con ajo y cebolla como condimentos.
Le gusta Nueva York porque le recuerda a su natal Quito. Según ella, como Quito, Nueva York es una ciudad con mucho movimiento y, como Quito, aquí no se duerme.
Aun así, Pinto extraña el amor y el cariño de su familia. “Aquí es una ciudad muy fría,” dijo. “Es una ciudad en que todo mundo vive para quien”.
Pinto tiene una hija en Ecuador, quien está casada y tiene hijos que Pinto no conoce. Tampoco ha visto a sus padres, especialmente a su padre quien “ya está viejito”
Ya que tiene hijos aquí, Pinto siente que no puede dejarlos. “Aquí es como una cárcel. Yo quiero ser libre algún día”, dijo.
Ella espera que el Presidente Obama sea más humanitario. Ella dice que viene gente mala a este país, pero la mayoría es gente buena.
“Entregamos la vida a cambio de nada”, dijo. Ella quiere que el Presidente vea la conducta de los hispanos y que se dé cuenta de que son personas trabajadoras.
“A veces el ojo está en la gente más baja”, dijo. “No está en los millonarios.”
Por Percy D. Luján