
Las inquietudes que por estos días dominan a la afición futbolera latina son dos: Cómo será el desempeño de cada una de nuestras selecciones y quién gana el Mundial de Fútbol en Brasil este año.
Sin lugar a dudas lo gana Brasil. No porque sea el anfitrión, (convengamos, en el fútbol de hoy es mejor jugar de visitante que de local). Simplemente es más fácil esperar agrupado y salir en contragolpe, que marcar y esperar a que se generen espacios para encajar el anhelado gol. Brasil mostró en su última actuación interesantes variantes que merecen ser estudiadas. Cuando el equipo sale a atacar con pelota dominada y el rival se repliega a esperar en “su campo”, los marcadores de punta se abren para ocupar los espacios comprendidos dentro de las líneas que limitan la mitad de la cancha y los laterales. Es decir, se quedan con dos centrales abajo, uno de los de contención se hace cargo de la conducción y al mismo tiempo, allá “arriba”, se forma una línea de tres que rota a espaldas de los defensores para buscar el pase del gol a profundidad. Para ganarles hay que sacársela, robársela. Y díganme ustedes ¿qué puede hacer el equipo contrario con este esquema de juego tan agresivo y personal?
En el lado opuesto esta Argentina que carece totalmente de esquema de juego. Sin apego a su tradición. Argentina siempre jugó con un dos, definido como último hombre de alta jerarquía, conocedor de su puesto, un seis con presencia en el círculo central, un cinco de relevo de primera puntada y manejador de los dos perfiles, dos marcadores de punta de juego exquisito y muy sacrificados, y un 10. Con respecto al 10 me refiero a un conductor que piensa, no a un aprovechado con un número 10 en su espalda que obedece más a una estrategia de mercadeo global, en lugar de una determinada posición en la cancha, quizás de las más importante porque debe hacer goles. La selección argentina también tenía un nueve de área, con olfato y efectividad goleadora, y un delantero libre que sabía improvisar y era efectivo. Este esquema pasó a la historia y por eso se esperan milagros del número 10. Esa es la razón de las paupérrimas actuaciones de Argentina. Vaticino un final decepcionante para la selección albiceleste. Auguro un puesto entre décimo y décimo-segundo para la escuadra argentina.
Si la suerte acompaña a Uruguay, puede llegar a volar un poquito alto. Un poquito no más. Lo único destacable de los charruas es Suárez, que está haciendo goles en Inglaterra. Después, honestamente, no encuentro nada que me llame la atención. Cavani no la mete ni de casualidad y eso que juega en el Paris Saint Germain. Juegan como en una procesión, todos agrupados, bien pegaditos, llevando el estandarte de “garra charrua” como potenciador de virtudes y al mismo tiempo de calamidades. Un ejemplo es el arquero, te tapa dos difíciles y deja meter la más fácil. Desde el Mundial de Sudáfrica vienen con suerte y el mérito es que la saben aprovechar, pero después… Son delfín de acuario, hacen piruetas y nadan. El Mundial es en Brasil y no en Egipto. Para qué van a llevar a la momia Tabarez.
Chile puede ser la gran sorpresa en la primera ronda. Una incógnita difícil de dilucidar. El principal problema que tiene La Roja es cuando enfrenta a una escuadra con más fútbol. Es como sino creyeran en sus propias virtudes. Se van desintegrando como un helado bajo el sol radiante. Hay momentos en que los jugadores son fatales en un encuentro y a Chile le sucede a menudo. Se pierden en lagunas con síndrome de contagio viral decepcionante y entonces llegan las grandes figuras al rescate. Si estuvieran más engranados, avanzarían a otros niveles.
Colombia me confunde más que una receta culinaria escrita en japonés. Te hacen un partido donde se comen a Drácula sin miedo alguno y al siguiente encuentro parece un sushi preparado por un alérgico al pescado. Dios mío los centrales, son tortugas regresando y juegan al paso de un caracol. A veces les encanta hacer “ese jueguito” de pasecitos sin profundidad, cuando por el contrario les sobra calidad. El inconveniente es que Colombia no escapa de la media, al igual que muchas escuadras mundialistas. De la mitad para arriba son temibles. El problema de Colombia no está abajo, en las piernas. Está arriba, en las cabezas de los jugadores. José Pekerman tiene que resolver este problema antes de llegar a Brasil.
En Ecuador encontramos un problema que no es menor. Son jugadores jóvenes que no tienen experiencia internacional. Entonces se les hace muy difícil enfrentar los compromisos. Si logran relajarse durante el juego y las cosas salen de acuerdo al plan, podrán impresionar y sorprende, pero a decir verdad no les veo jerarquía para este Mundial. No es lo mismo un amistoso que jugar por los puntos en Brasil. No solo las estrategias valen. Cuando se enfrenten a un equipo con historia, los nervios te pueden comer vivo, debilitando a los jugadores y generando fallas que concluyen en desmoralización y error provocado. En un Mundial hay que romper esquemas y no vale la especulación. Con un técnico que juega “a ver qué sucede y veremos qué hacemos”, Ecuador no va a llegar muy lejos.
Brasil levantará la Copa 2014. El resto de equipos suramericanos llegarán hasta donde sus virtudes se lo permitan. Con suerte colocaremos dos equipos en semifinal, no más. Las decepciones, amarguras, debilidades y otros males no permitirán la tan soñada final entre dos países de América continental.